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¿Mi problema de ansiedad requiere intervención terapéutica?

Foto: Star5112

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La Ansiedad es una emoción completamente normal y que cumple una función adaptativa para el ser humano. Implica una serie de cambios fisiológicos en nuestro cuerpo que están pensados para protegernos de posibles peligros o ayudarnos a afrontar situaciones muy demandantes o exigentes; por ejemplo, si vamos a cruzar la calle y de repente un coche se dirige a nosotros a toda velocidad, la respuesta de ansiedad en nuestro organismo nos permitirá concentrarnos en esa situación y reaccionar más rápido.

La ansiedad tiene tres dimensiones: fisiológica, cognitiva y motora. La primera, la dimensión fisiológica, hace que nuestro cuerpo se active y genere recursos extraordinarios para permitirnos luchar o salir huyendo de un peligro; de este modo, nuestro corazón late más deprisa, nuestra respiración se acelera, las pupilas se dilatan, se tensan nuestros músculos, etc. Todos estos cambios físicos nos ayudan a responder mejor a las amenazas del entorno. La dimensión cognitiva —relacionada con nuestros pensamientos— nos hace concentrar la atención en el posible peligro o amenaza y la retira de otros estímulos, con lo que en ocasiones nos lleva a generar pensamientos negativos acerca de situaciones demandantes. Y por último, la dimensión motora, consiste en conductas concretas que ejecutamos, principalmente de escape o evitación del peligro.

Gracias a este triple sistema de respuesta que constituye la ansiedad (fisiológico, cognitivo y motor) podemos reaccionar luchando, defendiéndonos o huyendo de las amenazas de forma adecuada. De modo que, siguiendo con el ejemplo, si vamos a cruzar la calle algo distraídos por estar usando el teléfono móvil y un coche se dirige hacia nosotros muy deprisa, la dimensión cognitiva hará que dejemos de prestar atención al móvil, nos fijemos en el coche y activemos la alarma de peligro. La dimensión fisiológica nos permitirá, entre otras cosas,  que nuestro corazón bombee más sangre, que el oxígeno llegue mejor a nuestros músculos para que éstos puedan reaccionar y la dilatación pupilar ampliará nuestro campo visual para percibir mejor la amenaza. Por último, la dimensión motora hará que salgamos corriendo o demos unos pasos hacia atrás para que el coche no nos atropelle.

¿Es entonces la ansiedad negativa o positiva? ¿Funcional o disfuncional? En sí misma resulta útil, positiva y funcional cuando se trata de reaccionar ante las amenazas o peligros. Sin esta respuesta compleja de nuestro organismo seríamos mucho más vulnerables a los riesgos de nuestro entorno; sin embargo, continuamente en nuestra sociedad se hace mención a los problemas o trastornos de ansiedad.

¿Cuándo se convierte la ansiedad en un problema? La ansiedad supone una respuesta desadaptativa que genera malestar a las personas cuando se produce con demasiada frecuencia o intensidad y ante estímulos que no suponen una amenaza real para nuestra integridad. Su aparición ante situaciones puntuales no supone un peligro para nuestra salud, pero cuando muy a menudo sentimos manifestaciones como taquicardias, respiración acelerada, tensión muscular, dolor en el pecho, molestias gástricas, pensamientos negativos, etc. esto puede convertirse en lo que denominamos un trastorno de ansiedad que afecte claramente a nuestra salud psíquica, pero también a nuestra salud física. Existen diferentes trastornos de ansiedad según como se manifiesten los síntomas: en algunos predomina el temor irracional hacia un objeto concreto (fobias específicas) o hacia la evaluación social (fobia social). En otros el síntoma predominante es la preocupación (trastorno de ansiedad generalizada). En ocasiones, la principal manifestación es la dimensión fisiológica de la ansiedad con picos elevados de activación y síntomas somáticos (taquicardia, sensación de ahogo, sudoración, etc.) como en el trastorno de pánico (con o sin agorafobia).  En el caso del trastorno obsesivo-compulsivo lo predominante es la aparición de obsesiones o pensamientos recurrentes (relacionados con la contaminación o suciedad, el orden, la religión, el daño, etc.) acompañados de compulsiones o rituales (por ej: lavado de manos, comprobaciones, etc.). Por último, el trastorno de estrés postraumático aparece tras haber sufrido o presenciado un acontecimiento que pueda poner en peligro nuestra integridad (como un atraco violento, un accidente, una catástrofe natural, etc.) y hace que la persona reviva con frecuencia el evento traumático y que experimente un gran malestar.

¿Cuándo debo acudir a un especialista para tratar la ansiedad?

Si identificamos cualquiera de las manifestaciones de ansiedad que mencionábamos más arriba (síntomas somáticos frecuentes, preocupaciones excesivas, comportamientos de escape o evitación de situaciones), si percibimos dificultades para concentrarnos o llevar a cabo nuestra actividad habitual (estudios, trabajo, etc.) o si tenemos dificultades para dormir, en la alimentación, etc.

Si además hemos intentado afrontar estas dificultades con nuestros propios recursos o el apoyo de nuestros amigos o familiares, pero aun así no conseguimos mitigarlas, o incluso han empeorado, esto nos puede poner sobre aviso de la aparición de un problema de ansiedad que requiere ayuda profesional por parte de un psicólogo o profesional de la salud mental.

Desde el campo de la psicología, los tratamientos cognitivo-conductuales han demostrado una clara efectividad para el tratamiento de los trastornos de ansiedad, incluso sin la necesidad de recurrir a psicofármacos.

Existen herramientas terapéuticas muy útiles y de eficacia ampliamente demostrada que permiten al psicólogo dotar a la persona de los recursos necesarios para afrontar las exigencias y los síntomas de ansiedad, de modo que la persona no sólo pueda abordar su problema actual, sino que además, consiga adquirir las estrategias que le permitan estar preparada para hacer frente a las dificultades futuras que puedan surgir en la vida.

Si tratamos los problemas de ansiedad prioritariamente desde su inicio, podremos evitar que se instauren a más largo plazo, con el sufrimiento y desgaste que conllevan para la persona, para su salud, e incluso para su entorno social.

Sobre Laura Bermejo

Licenciada en Psicología y Diploma de Estudios Avanzados en la Universidad P. Comillas de Madrid. Pirmer Premio Nacional de Licenciatura (2003) y profesora colaboradora en la Universidad P. Comillas de Madrid. Experta en estrés docente e implicación laboral en profesores, cuenta con varias publicaciones sobre el tema en revistas científicas de reconocido prestigio, y ha participado como ponente en numerosas reuniones científicas nacionales e internacionales. Ha impartido numerosas conferencias y cursos sobre el estrés docente y sus pautas de prevención e intervención. Es psicóloga del Centro de Día DIEM (Deficiencia y Enfermedad Mental) de la Fundación Carmen Pardo Valcarce.