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CUANDO NO HAY NADA QUE DECIR

Hace unos días nos despertábamos con una noticia que nadie quería escuchar; un fallecimiento que, aunque muy probable, muchas personas se habían negado a reconocer, y que nos ha dejado helados.

Ahora bien, se están escuchando opiniones que lejos de arrojar esperanza aportan una visión muy pesimista de lo que es el duelo, así como de la vida a la que tendrán que enfrentarse unos padres que han perdido a su segundo hijo; ambas muertes inesperadas y ambas de dos niños muy pequeños, algo que aunque ha sido así no suele ser lo habitual.

Trataremos de ser muy asépticos ya que este caso aun va a tener matices que se irán sabiendo poco a poco, circunstancia que modificará el modo de reaccionar de la familia del pequeño.

Lo primero en lo que hay que detenerse es en que el ser humano está  preparado para sobrevivir: aunque es cierto que estos fallecimientos son muy dolorosos, el 90% de las personas logran sobreponerse a una muerte. Si no, en países subdesarrollados, donde es más frecuente que los niños fallezcan y esa realidad golpea varias veces, las familias no seguirían adelante. Tampoco aquí cuando en la postguerra o a principios del siglo pasado la mortalidad era mayor que ahora, y sólo el 10% requiere ayuda profesional.

Por tanto, lo primero que hay que hacer es dejar de decir cosas como:

“Están muertos en vida”

“Es imposible superar la muerte de un hijo”

“Lo que tienen por delante es horrible”

“Sois muy jóvenes podéis tener otros hijos”

Hay que resaltar que el fallecimiento de Julen ha desatado una ola de solidaridad que a esos padres no puede pasarles desapercibida, y ahí ya han ganado mucho. Han ganado el cariño de un pueblo entero y un montón de actividades en las que todos se han volcado tratando de cuidar y proteger a esos padres.

Ahora bien, veamos qué puede ayudarles cuando el consuelo se hace difícil:

  1. Una de las cosas que más ayuda en estos momentos es no quedarse en palabras enlatadas del estilo “te acompaño en el sentimiento”, “Entiendo cómo te sientes”, “estoy aquí para lo que necesites”, “me imagino por lo que estás pasando”… Es más útil quedarse en silencio si no hay nada que decir o si no sabemos qué decir, incluso ser honesto: “No sé qué decirte”, “no tengo nada que decirte” y darle una muestra de afecto sincero.
  2. Ofrecernos a cosas concretas. Las personas que están en duelo sienten un dolor infinito en muchas ocasiones, que puede llegar a incapacitar para tareas tan simples como las cotidianas, así que si queremos ayudar quizá un ofrecimiento para cosas concretas pueda ayudar a esos padres, como “voy a hacer la compra, os voy a traer algunas cosas”, “he hecho pollo, he pensado que os vendrían bien un par de raciones”, “voy a ir a la farmacia, ¿necesitáis que os traiga algo?”… Incluso echarles una mano en actividades del tipo limpieza de enseres, higiene, orden de la vivienda…

 

  1. Ayuda con las tareas burocráticas. Tras un fallecimiento hay muchos papeles que hacer y ahí, personas hábiles pueden aliviar mucho sufrimiento y ser de gran ayuda.

 

  1. Respeta sus ritmos, apóyales si quieren salir, si quieren dar una vuelta o acompáñales en la vivienda si por el contrario prefieren permanecer ahí, no utilices frases del estilo “¿Seguís así? Si ya han pasado x meses…”.

 

  1. Tolera sus emociones. Los duelos duelen, perder a un hijo es un episodio muy doloroso y los padres tienen derecho a manifestar una amplia gama de emociones. Hay personas que se incomodan ante el sufrimiento ajeno, si eres de esos, es mejor que te alejes; por el contrario si crees que puedes tolerar el dolor y las emociones asociadas a la pérdida, quédate a su lado, deja que salgan las emociones y valida aquello que sienten, que no se sientan encima culpables por “fastidiar una reunión”, “amargar una celebración”, “no ser buena compañía”… transmíteles que se les quiere tanto que aun en su peor momento son una gran compañía.

 

  1. Anímales a hacer cosas con su tiempo. Hay una falsa creencia en la que se afirma que “el tiempo lo cura todo” y nada más lejos de la realidad: es aquello que se hace en el día a día lo que permite que el duelo evolucione.

Perder un hijo es un evento imborrable para cualquiera, pero eso no significa que no se supere ni que la vida se detenga ahí. Son muy pocos los que se quedan en ese estado, y hay que trabajar para que el recuerdo que nos acompañe sea real, y que a partir de las vivencias que hemos tenido juntos los padres puedan tener una vida adecuada, aceptable, incluso feliz.

El duelo es un proceso normal que sigue a la pérdida de un ser querido. Es activo, por tanto no hay que dejar pasar el tiempo; requiere trabajo y es normal que agote, ya que se ponen en juego muchas emociones. Si no sabemos qué decir o que hacer, ayudemos más desde lo práctico o desde el acompañamiento silencioso.

Sobre Patricia Díaz Seoane

Licenciada en Psicología. Experto en Terapia de la Conducta Infanto-juvenil y Familiar. Especialista en Atención Temprana. Experto en Clínica e Intervención en Trauma y E.M.D.R. niveles I,II y III. Diplomada en Educación Social. Psicóloga especializada en Duelo infantil y juvenil de la Fundación Mario Losantos del Campo.

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