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Cuando los niños se levantan con el pie izquierdo

Foto: Francisco Ponce Carrasco

Foto: Francisco Ponce Carrasco

Suena el despertador. Horror. Hay que sacar energía de donde sea y ponerse en marcha. Pero no cabe duda de que las mañanas son un momento delicado en todas las familias. Cuando los niños son pequeños, deseas fervientemente que crezcan para no tener que vestirlos, darles el desayuno … para que se las apañen solos, vamos. Y resulta que cuando finalmente son independientes en ese terreno … a veces es mucho peor. Problemas como el mal humor matutino, los remolones, los que siempre se eternizan ante el desayuno o los que no pueden decidir qué ropa se ponen, pueden crispar el ambiente de toda una familia y conseguir que cada cual llegue ya de mal talante a sus quehaceres diarios.

NO HAY QUIEN LO SAQUE DE LA CAMA

“¡¡Marta, por Dios!! ¡Hace un cuarto de hora que intento que te levantes! ¿Otra vez vamos a llegar todos tarde por tu culpa? ¡Ya no puedo más!” La madre de Marta, que tiene nueve años, se desespera. Todas las mañanas la misma historia: despierta a Marta una y otra vez, y la niña se da la vuelta y sigue durmiendo en cuanto ella sale de la habitación. A veces, se asegura de que Marta ya se está vistiendo antes de irse a preparar el desayuno, pero varias veces se ha vuelto a meter en la cama a medio vestir. Su madre se pone de mal humor y es consciente de que muchas veces lo paga con su marido (cuando no es él el que echa chispas) y con sus otros hijos. Y, al final, siempre salen de casa a la carrera, sin saber nunca si van a llegar a tiempo o no. Y, por supuesto, todos malhumorados.

¿Qué hacer? Podemos, para empezar, intentarlo “por la buenas”. Los niños de esta edad ya razonan perfectamente, y se dan cuenta de que están causando un problema. Aunque no lo parezca, tampoco para ellos es agradable comenzar así el día. Si hablas con ellos (evidentemente, nunca a las ocho de la mañana, o terminareis saliendo en los periódicos), estarán de acuerdo  con que hay que buscar una solución. Y ellos deben ayudar a encontrarla. He aquí algunas sugerencias:

  • Asegúrate de que duerme lo suficiente (ni demasiado ni demasiado poco). Como no hay una norma general, la única forma de comprobar este punto es variar la hora de acostarse y comprobar si hay alguna mejoría. Un niño de estas edades nunca debe dormir entre nueve y diez horas, pero los hay que necesitan más.
  • Llévale a comprar un despertador. Mejor si es de los que suenan varias veces aunque lo pares. Que sea él quién lo elija. Haz que comience a sonar un cuarto de hora antes de que tú vayas a despertarle.  Pacta con él que debe apagarlo cuando suene, y, si es necesario, colócalo donde deba levantarse para alcanzarlo. Así, cuando tú llegues no estará en un sueño tan profundo.
  • Piensa cómo puedes motivarle: tal vez, si se da prisa, le dé tiempo a preparar él el desayuno (a estas edades les hace ilusión), o pueda ver la televisión un rato, o tener algún manjar especial que llevarse al recreo. Puedes combinar todas estas técnicas con un sistema de puntos que, además, le permita alcanzar alguna recompensa a largo plazo (si está desayunando antes de la hora que tú fijes, gana un punto. Y necesita cierta cantidad de puntos para, por ejemplo, ir con un amigo al parque de atracciones)
  • Nunca olvides hablarle suavemente. A nadie le apetece levantarse corriendo cuando le están chillando y regañando desaforadamente. Dedica cinco minutos, si al niño le gusta, a acariciarle, darle besos, hacerle cosquillas …

Si nada de lo anterior funciona, habrá que ser menos suave. Y esto supone, sencillamente, enseñar al niño a asumir las consecuencias naturales de lo que hace.  ¿Que llega a desayunar cuando todos están acabando? Pues ya no hay desayuno, porque no es hora. ¿Que pierde el autobús y hay que llevarlo en taxi? Pues el dinero del taxi debe salir de su hucha. ¿Que es la hora límite para salir y sus hermanos protestan? Pues tal vez deba irse andando solo, si el colegio está cerca, o quedarse en casa.

Eso sí, para que la aplicación de consecuencias naturales funcione, debemos tener en cuenta tres requisitos: las consecuencias deben estar avisadas, si lo están hay que aplicarlas sin ablandarse, y no debemos añadir reproches y gritos a la situación: simplemente, se hace lo que se ha dicho, sin más comentarios. ¡Y sin discutir!

¡VAYA HUMOS!

Hay mucha gente que no tiene su mejor momento por las mañanas: se levantan en un equilibrio inestable entre la buena educación y el decidido mal humor. No aguantan bromas, ni apremios, ni reproches. Simplemente, a esa hora no están para nadie.

Cuando es un niño quien tiene “mal despertar”, el problema se agrava, porque todavía no tiene suficiente autocontrol como para ser consciente de su problema y tratar de controlarlo.  A estas edades, además, comienzan a hacerse más susceptibles, a medida que la pubertad va estando algo más cerca.

Si tu hijo tiene este problema, antes de nada debes asegurarte de que no le ocurre nada. Tal vez su mal humor matutino nos esté diciendo, por ejemplo, que no quiere ir al colegio por algún motivo. Indaga, y si todo está bien, prueba a poner en práctica estas ideas:

  • Cambia la hora de levantarse, adelantándola o atrasándola diez minutos. Así tal vez le pilles en una fase de sueño menos profunda y le siente “menos mal” que le despierten.
  • Utiliza el humor, haz bromas sobre su estado de ánimo. Pero ¡atención!: abandona inmediatamente esta estrategia si ves que el niño se enfada más aún, en vez de divertirse. ¡Hay quien se deja el sentido del humor en la cama hasta las once de la mañana!
  • Fijad un tiempo o un espacio limitados para expresar el mal humor: explícale al niño que, aunque tal vez él no sea capaz de mostrarse más tratable, los demás no tenéis porqué aguantarlo. De forma que sólo podrá mostrarse todo lo malhumorado que quiera durante cinco minutos, o solamente en su cuarto. De esta forma, se respeta su derecho a estar de mal humor (todos lo tenemos), pero evitamos que enrarezca el ambiente.
  • Enséñale a expresarlo correctamente: en vez de darle un empujón a su hermana por cualquier tontada, sería mejor que avisara: “Lo siento, estoy de mal humor y prefiero que no me digáis nada. Así se me pasará antes”
  • Simultáneamente a cualquiera de las otras tácticas, los adultos debéis ignorar el malhumor del niño. Simplemente, haced como si no lo notarais. Le habláis con normalidad, y no hacéis demasiado caso del tono de sus contestaciones (por supuesto, siempre hay límites). De otra forma, la discusión agrava aún más la situación.
  • También al mismo tiempo es importante que le reconozcáis y alabéis todos los progresos. “Juan. Me alegro de que hoy hayas sido capaz de no discutir antes de salir. Se nota que te esfuerzas”.

Sobre Belén Marina Gras

Licenciada en Psicologí­a. Especialista en Psicologí­a Clínica. Máster en Terapia de Conducta Infanto-Juvenil y Familar. Terapeuta EMDR. Experto en Mindfulness.